Ni por asomo: la novela que había encontrado lenta ahora le parecía de un dinamismo efrescante, seca aún pero de un modo cáustico, y la tranquilizó que el tono sensato de Dame Ivy se asemejara al suyo propio. Y se le ocurrió la idea (que anotó al dia siguiente) que leer era, entre otras cosas, un músculo que ella, al parecer, había desarrollado. Leyó la novela con gran placer y sin tropiezos riéndose de observaciones que apenas pretendían ser jocosas, y en las que no había reparado antes. Y a través de todo el texto oía la voz de Ivy Compton-Burnett, nada entimental, severa y juicisa. Oía su voz tan claramente como horas antes aquella noche había oído la de Mozart. Cerró el libro. Y se repitió en voz alta: "No tengo voz"
Alan Bennet. 2007. Una lectora nada común.
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