dimecres, 13 d’agost del 2008

Activat!


Poco a poco, aprendí a ser indifernte a mí mismo, y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más en objetos externos: el estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto. Es cierto que los intereses externos acarrean sus propias posibilidades de dolor: el mundo puede entrar en guerra, ciertos conocimientos pueden ser difíciles de adquirir, los amigos pueden morir. Pero los dolores de este tipo no destruyen la cualidad de la vida, como lo hacen los que nacen del disgusto por uno mismo.

Bertrand Russel. 1930. La conquista de la felicidad.