diumenge, 28 de març del 2010

Neu, 8 de març

Anunciada por todas las trompetas del cielo,
llega la nieve, y, revoloteando sobre los campos,
parece que no se posa; el aire blanco
oculta colinas y bosques, el río, el firmamento,
y vela la granja más allá del jardín.
Trineo y viajero detenidos, los pies del correo
demorados, todos los amigos lejos,
los de la casa se sientan en torno al hogar
en la tumultuosa intimidad de la tormenta.
...
Y cuando sus horas están contadas y el mundo
es todo suyo, se retira y sólo deja,
cuando el sol aparece, un Arte asombroso
que imita en lentas estructuras, piedra a piedra,
la labor del loco viento de la noche anterior,
la retozona arquitectura de la nieva.

Ralph Waldo Emerson. 1900. La nevada

Mientras los hombres dormían cayó la nieve
en grandes copos blancos sobre la ciudad gris,
furtivos, abandonándose en su caída,
silenciando el último tráfico de la soñolienta ciudad;
amortiguando, apagando, ahogando sus murmullos;
indolentes y incansables cayeron flotando:
en silencio han salpicado y velado calles, tejados, verjas;
ocultando diferencias, lo quebrado han hecho liso,
en ángulos y grietas se amontonan y navegan.
Toda la noche cayó, y cuando hubo formado una capa
de quince centímetros de floja liviandad,
el cielo alto y helado se llevó las nubes;
y todos despertaron ante esa nueva claridad
de alba invernal, ese extraño resplandor mundano:
el ojo maravillado: maravilla ante la cegadora blancura
el oído escuchaba el silencio del aire solemne;
ni rueda giraba ni pie hollaba,
y los ruidos de la mañana fueron pocos y débiles.
Luego oí a los niños que iban a la escuela,
se reunieron en torno al maná de cristal para helarse
la lengua al probarlo, con las manos hicieron bolas;
o alborotaban en desorden, hundiéndose hasta las rodillas
u observaban desde su asombro de musgo blanco,
'¡Mira los árboles!, gritaban, ¡Oh, mirad los árboles!'
Con poca carga unos carros avanzan a duras penas,
siguiendo el camino blanco y desolado,
las gentes del campo ahora dispersadas:
pero asoma ya el sol, pálido se muestra
junto a la cúpula de San Pablo, y nos lanza
sus brillantes rayos, despertando el bullicio del día.
Pues ahora se abren las puertas, se emprende la guerra
a la nieve, y hombres sombríos en número incontable
forman grises senderos, hacia su labor caminan:
pero ni siquiera ellos sienten el peso de la zozobra,
en otra parte está su mente; callan la palabra cotidiana,
duerme el pensamiento cotidiano de pena y trabajo
al contemplar la belleza que les recibe, aunque el hechizo lo han roto.

Robert Bridges. 1890. Nieve en Londres.