A ninguno de ellos le habían enseñado nunca nada. Habían aprendido, en mayor o habitualmente en menor medida, los unos de los otros. Y Vimes sabía adónde llevaba ese camino. Por aquel camino los polis hacían rodar a los borrachos de la acera para quedarse con su calderilla y se aseguraban entre ellos que los sobornos eran meras propinillas, y la cosa empeoraba a partir de ahí.
Él estaba completamente a favor de captar reclutas en la calle, pero primero había que darles instrucción. Hacía falta alguien como Detritus que se pasara seis semanas gritándoles, y también darles lecciones sobre el deber y los derechos de los prisioneros y el 'servicio público'. Y entonces se los podías pasar a los monstruos de la calle, que serían quienes les explicaran todo lo demás, como por ejemplo la forma de pegar a alguien donde le quedara marca y en qué casos era buena idea colocarse un plato sopero de metal en la bragueta antes de meterte en una riña de bar.
Y si tenías suerte y ellos eran sensatos, encontraban un lugar entre la perfección imposible y el Foso donde pudieran ser polis de verdad: un poco deslustrados, porque el trabajo tenía ese efecto, pero no podridos.
Terry Pratchett. 2010. Ronda de noche.
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