diumenge, 23 de maig del 2010

ecologia

Una ciudad como Ankh-Morpork, aun en el mejor de los casos, solo estaba a dos comidas del caos.

Todos los días moría tal vez un centenar de vacas por Ankh-Morpork. También un rebaño de ovejas y una piara de cerdos, y únicamente los dioses sabían cuantos patos, pollos y ocos. ¿La harina? Él había oido que eran ochenta toneladas, y más o menos la misma cantidad de patatas y tal vez unas veinte toneladas de arenque.
Todos los días se ponían cuarenta mil huevos para la ciuad. Todos los días convergían en la ciudad centenares, miles de carros, barcas y barcazas trayendo pescado y miel y ostras y aceitunas y anguilas y langostas. Por no hablar de los caballos que remolcaban aquellos vehículos ni de los molinos de viento... ni de la lana que llegaba cada día, la tela, el tabaco, las especias, el mineral, la madera, el queso, el carbón, la grasa, el sebo, el heno... TODOS LOS MALDITOS DIAS...

Con la pantalla negra de la noche de fondo, Vimes tuvo una visión de Ankh-Morpork. No era una ciudad, era un proceso, un peso sobre el mundo que distorsionaba el terreno en cientos de kilómetros a la redonda. Había gente que no la había visto en la vida, y sin embargo pasaba todos sus días trabajando para ella. Formaban parte de ella miles y miles de acres verdes, y también bosques. Ella los atraía hacia sí y los consumía...

...y a cambio devolvía el estiercol de sus corrales, y el hollín de sus chimeneas, así como acero sartenes todas las herramientas con que se preparaba su comida. Y también ropa, y modas e ideas y vicios interesantes, y canciones y conocimiento y algo que, si se miraba bajo la luz adecuada, se llamaba civilización. Aquello era lo que significaba civilizción.

Terry y Linn Pratchett. 2002. Ronda de noche.