dimecres, 22 d’agost del 2007

La rendición y el triunfo en la carrera

Por primera vez en mi vida me pregunto cómo hay que hacer para apuntar con un hacha. No puedes mirar por ella. No puedes imaginar la línea desde la hoja al objetivo, porqué cuando empiezas el movimiento, la hoja se encuentra por encima de tu cabeza.
No puedo parar por el frío, de modo que opto por imitar a Lutz y blandir el hacha como si ella supiera adónde tiene que ir. Así que golpeo: hago marcas en forma de cruz en el duro suelo, astillo los costados del tronco hasta que parto la extraña rama, y al final entro en calor. Aunque también me salen ampollas. Lutz trabaja sin parar, cortando anillos del tronco y apilándolos, sin prestar la más mínima atención a mi ridícula imitación de cortar madera.
Comienzan a dolerme las manos y decido parar. Lutz no lo hace. Está acercándose a mi parte del árbol, dónde empiezan las ramas. Con pequeños golpes laterales del hacha, secciona algunas. Después vuelve a su montón de leños, coloca uno en el suelo y "¡crac! ¡crac!", lo divide en cuatro segmentos triangulares. Los reconozco como el producto final, iguales a los almacenados en la pila de leña. Pone otro en el suelo y me indica que intente cortarlo. Me planteo enseñarle las ampollas, pero luego resuelvo no hacerlo.
Mi segundo golpe parte el leño en dos. Estoy sorprendido y orgulloso. Lutz no se ha dado cuenta. Después de eso cojo el hacha con determniación. Esta vez me cuesta siete golpes lograr que la madera se parta, pero ya he saboreado el éxito. Sigo trabajando, volviéndome cada vez más hábil. Mis brazos, muñecas y manos aprenden gradualmente el camino que deben recorrer a través del aire para asestar el golpe irresistible. Por el rabillo del ojo veo que Lutz me observa. No dice nada, pero no hace falta decir nada. Los leños partidos son mis testigos.
Cuando por fin paramos, las manos me sagran y yo ni siquiera lo había advertido. Lutz lo ve, frunce el entrecejo y me lava con nieve las ampollas reventadas.
Regresamos a casa cargando pesadamente con la leña, camino abajo, por encima del torrente y a través de los campos cubiertos de nieve. Delante de mí, la longitud de mi sombra me anuncia que el sol está poniendose. Hemos estado cortando leña casi todo el breve día de invierno.
Pienso que esto es lo que debe de hacer Lutz a diario. Eso quiere decir que la casa consume tanta leña en un día como somos capacer de cortar en una jornada. Es como el pez que nada todo el día en busca de comida que le dé fuerzas para seguir nadando el resto del día. Ya no me parece ridículo. Me he unido al pez.

William Nicholson. La sociedad de los otros. 2004.